LO QUE LE DICES A TU SEMEJANTE, TE LO DICES A TI MISMO
Anoche volvía a casa después de trabajar, y caminando por la calle Libertad, casi llegando a la esquina de Av. Córdoba, noté una gran concentración de autos (acompañados de sus insistentes bocinas nerviosas), debido a un corte parcial de la calle Viamonte a la altura de Libertad, por reformas en el Teatro Colón.
Cuando finalmente llegué a la esquina, ya pronta a cruzar, los gritos de una mujer me llamaron mucho la atención.
Una señora, de unos 60 años aproximadamente, no paraba de gritarles a las dos empleadas de control de tránsito que trataban de poner orden en esa entorpecida esquina.
Yo aún no conocía los motivos por los cuales la mujer reaccionaba así, aunque en principio pensé que podría haberse enojado por algún llamado de atención por cruzar mal, o algo así. No me hubiera parecido raro una reacción como esa, ya que últimamente noto que como ciudadanos estamos rayando el nivel de “tolerancia cero”. Ya sea en el banco, el subte, el colectivo o el supermercado… noto y percibo un alto nivel de intolerancia y falta de respeto. Me apena mucho. Siento mucha violencia alrededor, verbal y física. Se han perdido muchos códigos básicos de convivencia.
Oficié de observadora durante unos segundos antes de que me tocara cruzar cuando veo que la señora se me acerca, muy enojada, quejosa, y aún esbozando unas palabras ofuscadas contra la trabajadora, que miraba ya de la mano de enfrente, azorada.
La mujer se desquitó un ratito conmigo. La dejé. La escuché activamente, y le pregunté con suavidad: “¿señora, que le pasó?”
Y ahí sí, puso primera, y arrancó con un poco de todo: (les quiero decir que acudo a mi memoria y voy a procurar transcribir de forma textual, lo mas que pueda, entre comillas, el vómito sin filtro de la dama de tapadito bordeaux)
“Nos roban la plata querida, ¿no entendés? ¿No te das cuenta? ¿Este es el país en el que vas a vivir? Sin oportunidades, ¡sin poder estudiar! ¡El modelo, el modelo! ¡Se compró un departamento de 5 millones! ¿Entendes? ¡Esto es una locura! ¡Yo pago mis impuestos! ¡Esto no puede seguir así! ¡Y yo no me lo voy a callar! ¡Porque así estamos como estamos, por no decir las cosas! ¡Por no hablar!
Interrumpí su verborragia por cuatro segundos: “Señora, se está haciendo mucha malasangre, porque no se tranquiliza, le va a hacer mal”. (Confieso que me hubiera gustado recomendarle algunas técnicas de respiración y meditación, o mejor, un té de tilo doble en compañía de Sri Sri Ravi Shankar –directamente- para que le baje la locura, pero me pareció mucho)
La señora prosiguió sin respiro: “peor me hace callármelo nena! Yo fui educada en colegio de monjas, y no tengo tapujos, ¡ni vergüenzas! Se que soy una mierda (¿?), que hablo mal, vos disculpame viste, pero no puede ser… vamos a ser una Rusia ¿no te das cuenta? ¡Yo ya lo viví esto! Yo viví 14 años en Europa, se lo que es!
Siguió:
"¡Es que los militares deberían haberlos matado a todos! Ni uno debería haber quedado….¡así la Cámpora ni existiría! ¡Pero por favor! Yo estoy juntando firmas con amigos de varias provincias, porque conozco a mucha gente…. (¿?).
Y tengo un hijo estudiando en la mejor Universidad de Europa ¿Entendes? ¡Me cuesta un montón de plata pero no me importa!"
Agregué yo: “que bueno”, luego ella siguió:
“Y el se codea con la realeza ¿te das cuenta? Con “la” Carlota de Mónaco (ahí posta creí que me moría), con “el” Casiraghi y “la” Borromeo…. Y me cuenta que son personas increíbles. “La” Carlota es perfecta hasta los dedos de los pies!!!!! (yo pensé que eso era metafórico, pero no…continuó)
“El otro día estaba en lo de una amiga, y miraba la revista Hola, y justo estaba la Carlota en una fiesta con unas sandalias divinas, y yo miraba los pies a ver si eran perfectos como me contaba mi hijo…… (Muy fuerte)
Le dije: “señora, que afortunado es su hijo de tener una mamá que le paga los estudios, debe usted estar orgullosa y él, muy agradecido…yo por mi parte siento que tuve y tengo muchas oportunidades. Gracias a Dios pude estudiar una carrera Universitaria, hice un posgrado, y hace 10 años que trabajo. Acá en Argentina, claro”
Y concluyó: “Y acordate nena, las cucarachas votaron a Baigón” (¿?)
Rezongó un rato más y concluyó, “bueno nena, me voy a pelear un rato más, allá, en la otra esquina”
Muchos se preguntarán cuál era el motivo por el cual la mujer le gritaba a la empleada de control de tránsito, ¿no? Respuesta: porque había autos estacionados sobre Libertad. ¡Por Dios!
¿En que me quedé pensando después de todo esto?
En que esta mujer no conoce mi historia, mi pasado, quienes son mis padres, mis hermanos, como fui criada, en que lugares viví o donde me eduqué.
¿Que sabe esta mujer de mí? Nada. Y sin embargo dijo de todo. Sin medir el impacto.
Esta mujer no sabe si yo soy hija de desaparecidos, si mi padre fue militar, peronista o radical. No sabe si tengo amigos en la Cámpora, si mi tía es Lilita o si mi vieja labura para Cristina. No sabe nada, pero nada.
Esta mujer estaba muy enojada, sí claro. Pero como ella, muchas otras personas, están cegadas por el odio y el rencor, y han perdido la capacidad de medir el efecto inmediato que tienen las palabras.
Esta mujer ha perdido la sutileza a la hora de comunicarse. La delicadeza y la ubicación. Ha perdido todo eso. Como tantos otros. Le ha ganado el malestar, la bronca y la ira.
Por tanto, mi reflexión es la siguiente y cito algo interesante que leí:
Si cada uno de nosotros fuéramos conscientes de que la energía liberada en cada palabra afecta no sólo a quien se la dirigimos, sino también a nosotros mismos y al mundo que nos rodea, comenzaríamos a cuidar más lo que decimos.
Este relato no tiene como fin crear un espacio de debate político, sino invitar a la reflexión y análisis personal acerca de cómo está nuestra comunicación hoy, como estamos usando las palabras, como estamos viviendo…
Lo anticipo para todos aquellos que quieran aprovechar esto para exteriorizar sus intereses y opiniones personales con fines no constructivos.
¡Mucho amor para todos!
Gracias,
Julia