Sin duda alguna, la época del año que más amo es la de Navidad.
Durante este tiempo de Nacimiento y Esperanza, y en vísperas de un año nuevo que esta por comenzar, por lo general me pongo a pensar todas las cosas que me pasaron desde la Navidad anterior a hoy.
Con el tiempo generé el hábito de hacer mini balances o pensar en las cosas que me sucedieron, en qué mejore, en las personas que conocí, en el trabajo y la familia, en las tristezas que tuve, en aquello que no me gustó…en fin…un resumen breve de todo lo acontecido.
Sin duda puedo decir que estoy agradecida a la vida por todo lo que ha pasado en este tiempo.
A fin del año pasado volví de un viaje increíble que sin dudas me transformó. Un viaje que cambió mi forma de ver la vida y mi manera de pensar. Una experiencia que modificó por completo mi manera de evaluar las condiciones en las que se me presentan las oportunidades. Aprendí a soltar cadenas viejas y oxidadas. Mejoró mi manera de amar a mis seres queridos, de tolerar y perdonar.
Descubrí que estar lejos te une.
Y al volver, descubrí que “tan cerca a veces es muy lejos”
Le doy gracias a Dios por haber compartido todos esos meses con mis amigos Manuel y Mauro.
Cuando volví a Argentina, noté un ambiente de mucha incertidumbre y miedo. La crisis, los dólares, los cierres de empresas, la desocupación, el hambre y la injusticia. Un poco más de lo mismo de siempre, pero recargado. Me cacheteó un poco la situación.
Pese a todo eso, gracias a Dios muy pronto estaba trabajando nuevamente de lo que me gusta. Viajé a Neuquén y conocí profesionales de la industria del petróleo que me parecieron alucinantes.
Medio año después, todo volvía para atrás. Había tenido que despedir a mucha gente y al fin del largo proceso, me encontré una tarde en mi oficina enorme con vista a Av. Del Libertador tipeando mi propia carta documento de despido. (Ridículo, ¿no?)
En el interin, un emprendimiento de cocina en conjunto con el gordo nos entretuvo casi 4 meses, hasta que conseguí nuevamente trabajo y el gran socio partió al Viejo Continente. Visitas al mercado central, clientes y amigos que nos compraban las cosas ricas que preparábamos, domingos de cocina y entrega en las casas quedaron en el recuerdo a fines de octubre.
La experiencia de la docencia tocó mi puerta y me tuvo todo el año rodeada de alumnos increíbles que me llenaron el corazón y el alma.
Y por si eso fuera poco, me animé a probar suerte con las artes marciales. Loca.
Y llegamos a Nov-Dic, el dúo más genial del año. De nuevo al ruedo laboral. Algo nuevo para mí que me tiene totalmente enganchada y aprendiendo. Feliz.
Acompañando todos estos procesos que me ayudan a evolucionar, esta el pilar, la base, la fuente de todo. Mi familia. Mamá, emprendedora, solvente, enérgica y vital. El más fiel ejemplo del equilibrio libriano, mi referente. Mis hermanos a quienes amo. Y lo mejor de ellos, mis sobrinos, Nicolás, Josefina, Constanza y Lucía. Las pequeñas personas que alegran el día más triste y levantan el ánimo más decaído. Mis amigas, seguidoras constantes de mis historias, cómplices en todo, mis consejeras.
¿Que más puedo pedirle a este año? Nada.
Pedir estaría demás.
Pedir sería mucho.
Que bueno!!
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